• Columna Opinión: Ama de casa tiempo completo

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    Quemá está la sopaipilla

    Pal pobre ya no hay razones;

    hay costra en los corazones

    y horchata en las venas ricas

    y claro, esto a mí me pica

    igual que los sabañones

         -Violeta Parra-

     

    Hace un par de meses, paso fugazmente la noticia, de cómo una fábrica de dulces, puede volver agraz la vida de sus empleadas, quienes obligadas al laburo durante una pandemia, deben depositan a sus retoños en manos ajenas. El hecho de seguro fue olvidado rápidamente por la opinión pública.

    El paradigma de madres-trabajadoras destinadas a “funcionar” en el engranaje de la supervivencia, no es un hecho aislado, ni nuevo. No por mera casualidad, el mismo día, el gerente de la División de Política Monetaria del Banco Central, Elías Albagli, afirmaba que desde que comenzó la pandemia, se han perdido un millón de empleos, y Juan Bravo –investigador de Clapes UC- complementaba que la destrucción del empleo es muy profunda, comparable a lo vivido en la crisis del 82.

    ¿Quiénes son los más afectados?

    Dentro de esos números, se encuentra la desventura del trabajo femenino, el cual ha sido fuente principal de la microeconomía familiar y en definitiva productora de riqueza, quiéranlo o no. Las mujeres se encuentran en la esfera central de la reproducción de nuestra vida, atravesando el trabajo doméstico, la sexualidad y la procreación. Para iluminar, esa zona gris de explotación, se podría retroceder un par de siglos para entender la raíz del problema económico y la familia.

    Jean-Jacques Rousseau, en 1754 al retornar al protestantismo, publicó el Discurso sobre la desigualdad entre los hombres y decía “Que el primer sentimiento del hombre fue el de su existencia, su primer cuidado el de su conservación.

    El hambre y otros apetitos, le hacían experimentar a veces diversas maneras de existir, y así hubo uno que lo invitó a propagar su especie, y esta ciega inclinación, desprovista de todo sentimiento del corazón, sólo producía un acto puramente animal”.

    Tal discurso contrasta con la realidad demográfica que ocurría en el viejo continente; por ejemplo en Inglaterra –cuna de la Revolución Industrial- la población pasó de 6 millones en 1750 a 14 millones en 1831,  y en el resto de Europa la población aumento de 187 millones a 266 millones de habitantes durante igual período.

    La interrogante que subyacente, es por qué frente al aumento demográfico vinculado a la producción industrial y el comercio, existe pensadores como Rousseau, que “naturalizan” la reproducción de la especie, proveniente de un mero instinto conservativo.

    Plantear una cuestión de estas características, implica inmiscuirse en el hecho indesmentible, que mientras la élite desarrollaba discursos basados en el contractualismo y con el objeto de la limitar el poder soberano, el sistema económico integraba a mujeres y niños a sus fábricas con horarios extensos, condiciones inhumanas e insalubres, coronado todo ello por salarios miserables.

    Mujeres en el mundo laboral

    No obstante la irrupción femenina en el trabajo asalariado, que significo la integración de las mujeres a las fábricas y a la actividad minera, tuvo una extensión temporal de carácter breve, la razón es doble: primero, incluirlas en aparato productivo, generó por un lado la incapacidad de la clase obrera de reproducirse a sí misma y suministrar un flujo estable de trabajadores al sistema, lo cual fue especialmente problemático entre 1850 y fines del siglo XIX; y el segundo argumento, dice relación con que el aparato productivo, pasó de una industria ligera a una de carácter más pesada –lo que se conoce como Segunda Revolución Industrial- donde el acero, el carbón y  el hierro se instituyeron como sectores industriales principales, constituyendo fuentes primarias de acumulación de capital.

    Revolución Industrial

    Entre los arquitectos de esta nueva revolución industrial se estaba imponiendo una nueva doctrina que asociaba mayor productividad y mayor explotación a salarios más altos para los hombres, jornada laboral más corta, y lo más importante con mejores condiciones de vida para la clase obrera gracias a las laboriosas y ahorrativas esposas.

    Bajó los “Principios de economía” (1890) de Alfred Marshall, se articularon los elementos inequívocos del nuevo credo industrial, quien al reflexionar sobre las condiciones que garantizaban la salud y la fuerza de los trabajadores, señalaba que constituye un factor clave “la existencia de una hábil ama de casa que disponga de diez chelines por semana para gastar en la alimentación, quien hará a menudo más por la salud y fuerza de su familia que otra que disponga de veinte”….y añade “la gran mortalidad infantil entre las clases pobres se debe principalmente a la falta de cuidado y de discernimiento en la preparación de los alimentos, y los niños que no sucumben por efecto de esta falta de cuidado maternal adquieren frecuentemente una constitución débil”.

    Concluye, la madre es la primera y más poderosa influencia sobre la determinación de la habilidad general para trabajar y la define como “el poder tener en la cabeza muchas cosas a la vez, el tener todo listo cuando se necesita, el obrar con rapidez y tener recursos cuando algo va mal, el acomodarse pronto a cambios de detalle en el trabajo efectuado, el ser constante y seguro, el tener siempre una reserva de fuerzas en caso de emergencia, tales son las cualidades que hacen a un gran pueblo industrial”.  Por si no lo sabe, fue contra ese modelo que en los años 60 del siglo pasado las mujeres se rebelaron.

    El trabajo doméstico, tal como lo conocemos, es una creación bastante reciente, que aparece a finales del siglo XIX y las primeras décadas del Siglo XX, cuando la clase capitalista de Inglaterra y de Estados Unidos, presionada por la insurgencia de la clase obrera y necesitada de una mano de obra más productiva, emprendió una reforma laboral que transformo la fábrica y también la comunidad y el hogar, y por encima de todo, la posición social de las mujeres.

    Se trató de un complejo proceso de ingeniería social, que en pocas décadas logro consolidarse como una mirada única, reforzada por la institucionalidad existente, se aumentó el salario masculino, y se entrecruzaron la medicina y el control sobre los hijos y la participación de la madre.

    En Chile, los últimos 25 años se han duplicado los hogares que cuentan con ingresos percibidos por una mujer. En 1990, 1,2 millones de hogares estaban integrados por al menos una mujer que participaba del mercado laboral, hoy la cifra asciende a 2,8 millones de hogares. De hecho, actualmente en cuatro de cada diez hogares, es una mujer la proveedora principal de ingresos, pero solo en un 64% de estos casos, es reconocida como jefa de hogar (Encuesta CASEN, 1990 y 2013)

    Trabajo doméstico no remunerado

    A pesar de estos avances, en Chile prevalecen elementos machistas que se expresan, por ejemplo, en una de las tasas de participación laboral femenina más bajas en relación a los países tanto de la OCDE, como de Latinoamérica, y en demandantes “dobles jornadas laborales” entre las mujeres activas, que además de su jornada laboral formal, dedican en promedio, el triple de horas al día que los hombres, al trabajo doméstico no remunerado.

    La pandemia ha visualizado la realidad que parecía ajena a las mujeres actuales. El estado actual de las circunstancias no sólo intensifico el hecho de que ellas se han visto obligadas a volver a hacerse cargo de las tareas domésticas (incluidas la educación de sus hijos e hijas) sino que la perdida de sus empleos les amenaza seriamente con excluirlas del mercado laboral, perjudicando en definitiva su autonomía económica. Las cifras que se manejan por el Instituto Nacional de Estadística,  indican que se han perdido en el último año el empleo un millón ochocientos treinta y siete mil personas, de las cuales ochocientas noventa y nueve mil son mujeres, es decir un 48% de ellas: estas cifras de inactividad significan una perdida en términos de igualdad de género en el mercado laboral de un 58,7%, retrocediendo lo ganado en la última década.

    Para clasificar las familias según su nivel de ingreso, el Ministerio de Desarrollo Social ha utilizado el concepto de deciles (se suman los ingresos familiares divididos por sus miembros).  Con esta herramienta un 45,4% de los hogares con jefatura femenina se encuentra en los cuatro primeros deciles de ingreso, proporción que disminuye a 36,7% en el caso de los hogares con jefatura masculina.

    De hecho, en términos absolutos y de tasas, la jefatura femenina ha crecido en mayor medida dentro de la población más vulnerable, lo que se traduce en que el aumento de las jefas de hogar en los cuatro primeros deciles, lo que significa casi un 47,3% del crecimiento de la jefatura femenina. En cambio, en el caso de los hogares con jefatura masculina, su aumento se ha producido en los deciles del I al IV incrementándose, un 26,6%, de los hogares con mayores ingresos.

    Todo lo anterior demuestra, que la instalación de un salario justo sobre el trabajo doméstico –impulsado entre otras por Silvia Federici- no es sólo un reclamo utópico, sino una urgencia que requiere una satisfacción concreta y real.

    Columna realizada por: Gonzalo Calderon, Abogado / calderonabogados@gmail.com

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