• Educación infectada y una oportunidad para sanar

  • Educación infectada y una oportunidad para sanar

    Las vacaciones adelantadas en medio de la pandemia y el «anuncio» del retorno a clases, dejaron en evidencia una dura realidad.

    El fin de la educación en Chile no es el bienestar de los niños y las niñas, su desarrollo integral, ni sus procesos de aprendizajes. Sus objetivos están dirigidos a los resultados medibles, las estadísticas, las inversiones. Lo que tenciona al país es la cobertura, el calendario y un programa de estudios compactado, que se entregue con la mayor eficiencia posible -estemos en el escenario que estemos- incluso, en medio de una pandemia.

    ¿Cuál es el fin de la educación entonces? ¿Para qué educamos?

    Educamos para adquirir competencias laborales que garanticen el funcionamiento de un sistema económico. Educamos los mismos contenidos y las mismas habilidades, para estudiantes que son distintos. Damos oportunidades educativas que están determinadas por su capacidad de ser financiadas (unos pocos reciben más y otros reciben menos). Históricamente, el resultado ha sido una educación hegemónica y excluyente.

    Pero en este tablero, que se ejecutan partidas unidireccionales, han existido siempre observadoras y observadores atentos, minuciosos y perseverantes. Mujeres y hombres investigadores, grandes figuras, que han otorgado sólidos fundamentos a la importancia de la presencia del amor, la felicidad y la autonomía en los contextos en donde se pretende educar. Maestras y maestros que se han atrevido a confrontar el «manual de instrucciones» y han participado desde una visión humana y ferviente.

    Para ellas y ellos, el bienestar de un niño, niña o joven, su interés superior y el ambiente educativo que lo acoge, no es un aspecto a tener presente en cómodas épocas o situaciones, sino que es indispensable en todo momento, aún más en estados de crisis. El bienestar físico y emocional, es la condición, sin la cual, los aprendizajes significativos, sencillamente, no pueden tener lugar.

    Enseñar, no transferir conocimiento

    Ya en el siglo XIX, Pestalozzi y su educación elemental, defendía la individualidad del niño y su necesidad de afecto, planteando que “para cambiar a la persona hay que amarla. Nuestra influencia llega sólo a donde llega nuestro amor.” En el siglo XX, María Montessori, con una nueva conciencia y su educación para la paz, centrada en el niño y la niña, señalaba «No me sigan a mi, sigan al niño». Por su parte en Latinoamérica, en siglo XXI, Paulo Freire, con la educación popular y su pedagogía de la autonomía, nos propone que «enseñar no es transferir conocimiento, si no crear las posibilidades para su propia producción o construcción».

    En nuestro país, Gabriela Mistral y sus escritos que exaltan el valor del amor, de la ternura y la viveza al educar, subraya la importancia de cuidar la experiencia presente de los niños y las niñas «el futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde».

    Muy valiosos, en mi opinión, son los aportes en las últimas décadas de los chilenos Claudio Naranjo, Rolando Toro y Pato Varas, terapeutas, educadores, quienes volcaron la mirada a la corporalidad vivida, las emociones, el placer, la sabiduría y el autoconocimiento, generando bases y directrices para una educación transformadora desde el punto de vista de los potenciales humanos y el desarrollo personal. Propuestas aún invisibilizadas, pero que más temprano que tarde comenzarán a tomar fuerza.

    Hoy, desde sus áreas particulares, Humberto Maturana recuerda que «amar educa» y nos enseña sobre la importancia del lenguaje, el juego y las emociones en el proceso de conocer y educar. Carlos Calvo, hace una distinción entre educación y escolarización, la cual nos lleva a comprender la urgencia de desescolarizar la escuela, restituyéndole la riqueza de los procesos auténticamente educativos.

    Mencionar también en nuestro país las pedagogías Waldorf, las escuelitas Lefebre Lever, los Territorios Educativos Autónomos, los numerosos proyectos alternativos autogestionados que están desarrollándose en Chile en general y en la Región de Coquimbo en particular. Señalarlos por su compromiso con las infancias, los derechos humanos, la educación popular y democrática.

    En lo profundo, poseemos una gran riqueza educativa. La lista de autores se extiende mucho más si quisiéramos y las experiencias de escuelas en concordancia a estos postulados son múltiples y han ido proliferando en el último tiempo. Por tanto, perpetuar una educación formal utilitaria, ajena a las necesidades afectivas de nuestros niños y niñas, es una elección. Despejar el tablero, para regresar a cero la partida, si lo deseamos, es una decisión que podamos tomar.

    Una necesidad y una oportunidad

    Abramos las ventanas, que el aire fresco sana y vitaliza esta educación «infectada». Es una oportunidad para que podamos participar en la creación de leyes que consideren las voces de los niños, niñas y jóvenes, las de sus familias y comunidades.

    Una constitución en la que la educación sea un área de política prioritaria, donde el estado asegure una libertad de enseñanza que no esté subordinada a las necesidades del mercado. Que incluya una ley que incremente el valor de la profesión en los educadores, les otorgue libertad pedagógica e integre competencias en el ámbito emocional dentro de sus programas de formación, así como también regule sus cargas laborales. Una educación diversa, holística, donde las distintas corrientes educativas coexistan.

    Si para tener una buena salud, el principio es cuidarse, para lograr aprendizajes de calidad, el principio es la felicidad.

    Por: Esmeralda Marín Perucci / Educadora de Párvulos UC
    Directora Casa La Nuez / +56 9 64683375 / demarin@uc.cl

     

     

     

     

     


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